Un mexicano en la pugna por el grafeno, el material milagro

Antonio Miramontes sostiene sobre la palma de su mano un frasco de dos litros semi lleno de una especie de arena negra brillosa. Dice que, si agrega un bidón de 20 litros de ese material a 80 toneladas de cemento, se puede producir concreto 20% más resistente que el convencional y tres veces más impermeable y, por tanto, ideal para columnas que sostienen puentes en los ríos.
Es el proyecto de su vida. Esa “arena” es grafeno, un mineral descubierto hace más de un siglo, pero clasificado como tal hace 50 años, y que promete ser tan revolucionario como en su tiempo lo fue la electricidad.
La carrera es también por desarrollar procesos y registrar patentes, dice Miramontes, y la academia está en la primera línea de ataque. En la Universidad de Manchester, por ejemplo, se experimenta con celdas o filtros hechas de nano-filamentos de óxido de grafeno para el control eléctrico de flujos de agua, lo que podría derivar en aplicaciones médicas, como tratamientos renales, regulación de la temperatura corporal y la digestión. Expertos del Massachusetts Institute of Technology (MIT) buscan escalar, por diferentes métodos, la producción de grafeno, una condición para llevarlo al mercado.
México tiene también un laboratorio nacional de materiales grafénicos, en el que se investigan aplicaciones de sensores y biosensores de glucosa, y baterías y supercapacitores. “Estamos en pláticas con dos compañías para firmar convenios de colaboración”, dice Salvador Fernández Tavizón, coordinador en el Laboratorio Nacional de materiales grafénicos, del Centro de Investigación de Química Aplicada (CIQA). “Tenemos un tren de patentes en proceso”.
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